Por Marcelo Maller.
Conocí personalmente a Juan Esteban Curuchet en una carrera que ganó en su Mar del Plata natal a principios de abril de 1995, durante una cobertura que realicé para Clarín.
Con el paso del tiempo y debido a mi relación laboral con el ciclismo, fui descubriéndolo no sólo como profesional si no también como ser humano con sus virtudes y defectos.
Me interioricé de los pormenores de su vida que incluían sacrificio, lucha, amarguras, muchas alegrías y también de su jugosa historia, que lo colocaba entre los deportistas más importantes de nuestro país.
Sus quince títulos en Campeonatos Argentinos (un récord a nivel nacional), los títulos sudamericanos, panamericanos y en Copas del Mundo, además de su consagración en el Mundial de 2004, eran logros suficientes como para comenzar a escribir sobre su trayectoria, que a esa altura, unos meses antes de la epopeya de Beijing, ya era de película.
Un film que, a los 43 años, cerró con la única medalla que le faltaba; la dorada conseguida en unos Juegos Olímpicos, después de su sexta participación en esa competencia internacional. Bañada en lágrimas, esa presea lograda en el imponente Velódromo de Laoshan, fue una coronación al esfuerzo y al sacrificio de 28 temporadas arriba de una bicicleta.
Y un premio gigantesco al tesón y a la garra. Este marplatense, en definitiva, consiguió lo que pocos atletas: subir a lo más alto en el podio del trabajo, la dedicación, y la pasión, motores indispensables para que un deportista llegue al Olimpo. |